Aprender también fuera del aula: así son las primeras semanas de los nuevos becarios de la Escuela Campesina Suyana

Dos semanas después del inicio de clases, los participantes del tercer ciclo 2026 comienzan a descubrir mucho más que los módulos de formación: nuevas responsabilidades, compañeros de distintos territorios y, para algunos, la primera experiencia lejos de casa.

Cusco, 25 de agosto de 2026.– Hace dos semanas, 41 jóvenes llegaron a la Escuela Campesina Suyana, en Ancahuasi, Cusco, para iniciar una experiencia que, para varios de ellos, comenzaba mucho antes de entrar al aula. Algunos dejaron por primera vez su hogar. Otros llegaron desde Bolivia. Hay quienes todavía no saben qué carrera estudiar, quienes ya dejaron una carrera que no sentían propia y quienes llegaron con una idea clara: aprender algo que puedan llevar de vuelta a sus familias y comunidades.

Desde el 10 de agosto, los becarios del tercer ciclo de 2026 han comenzado una formación de dos meses y medio en modalidad de internado, con más de 15 módulos técnico-productivos y espacios de reforzamiento verbal y matemático, orientación y acompañamiento. Pero, en sus primeros días, la experiencia ya les ha dejado aprendizajes que no necesariamente estaban en el programa.

Cuatro jóvenes, cuatro caminos para llegar a la Escuela

Yessi Castillo, de 19 años, llegó desde San Juan Capilla, en Conduriri, Puno, después de un periodo de búsqueda. Tras terminar el colegio, no tenía claro qué quería estudiar. Había postulado inicialmente a Medicina Humana, pero descubrió que no era lo suyo. Su vínculo con el campo y los animales empezó a darle otra pista sobre su futuro. “Como yo vengo de la zona donde crían alpacas, me gustan mucho y me gusta mucho también el campo”, cuenta.

Cuando conoció la convocatoria, fueron precisamente los temas de formación los que terminaron de convencerla. “Cuando vi la oportunidad, vi los cursos que enseñaban como sanidad animal o, por ejemplo, el integrarte con la cultura andina o el de turismo vivencial, me llamaron mucho la atención”. Hoy, después de dos semanas, hay otra parte de la experiencia que también valora: conocer a jóvenes que, como ella, llegaron desde distintos lugares. “Me gusta mucho que haya personas de otros lugares porque puedo conocer contextos de otras personas”.

Para Hellen Rojas, de 23 años y procedente de Chincheros, Apurímac, el camino hasta la Escuela comenzó escuchando la radio junto a su madre. La noticia de una convocatoria terminó convirtiéndose en una oportunidad concreta para ella y su hermano de 18 años. Los módulos de panadería y pastelería, junto con sanidad animal, despertaron su interés.

Sin embargo, su decisión también tuvo una motivación familiar. “Económicamente ahora no estamos bien en mi familia y, como todo es gratuito, por eso aproveché y vine para aprender y poder apoyar a mis papás”, explica. Como hija de agricultores y hermana mayor de cuatro hermanos, la posibilidad de continuar formándose sin que su familia asuma el costo de los estudios fue determinante.

Salir de casa y cruzar fronteras

A Mayra Pomar Copa, de 18 años, la convocatoria la llevó todavía más lejos. Viajó desde Qutusuma, una localidad del municipio de Chulumani, en la provincia Sud Yungas del departamento de La Paz, Bolivia. Antes de llegar a Cusco ayudaba a su familia en la producción de coca y todavía no tenía decidido qué carrera quería estudiar. Lo que sí sabía era que esta sería la primera vez que saldría de casa durante tanto tiempo.

Tuve miedo porque son dos meses y medio y es no poder ver a mi familia por ese tiempo y estar lejos. Pero me fui habituando con el tiempo”, cuenta. Dos semanas después, la distancia comienza a transformarse en una experiencia que también quiere aprovechar para conocer nuevos lugares y aprender sobre áreas que nunca había explorado. Su expectativa, cuando termine el ciclo, es regresar con conocimientos que puedan servir a otras personas.

Desde Cusco, pero desde una realidad distinta, llegó Yhusban Caceres, de 17 años, procedente de la comunidad campesina de Combapata, en Yanatile. Antes de postular había dejado una carrera de Contabilidad después de un semestre. “No me gustaba, no era lo que quería; estudié por obligación”, recuerda. Luego comenzó a trabajar cosechando naranjas, hasta que su madre le habló de la posibilidad de ir a la Escuela.

Su familia se dedica principalmente a la crianza de gallinas y anteriormente también criaban cuyes, una experiencia que terminó cuando una enfermedad afectó a todos los animales, cuenta. Por eso, Yhusban encontró en la formación en sanidad y manejo animal una oportunidad concreta para aprender y compartir lo aprendido. “Quiero aprender todo lo que pueda y dejar esa enseñanza a mi mamá”, resume.

Aprender fuera del aula

En estas primeras dos semanas, los jóvenes ya han comenzado a descubrir que vivir en la Escuela implica mucho más que asistir a clases. La convivencia con compañeros de diferentes regiones y países, el trabajo en equipo y las responsabilidades comunitarias forman parte de una experiencia cotidiana que algunos no esperaban.

Hellen, por ejemplo, se sorprendió al descubrir que el día comienza antes del desayuno. Desde las seis de la mañana, los grupos se organizan para realizar diferentes tareas, desde la limpieza de los espacios hasta el cuidado de animales y otras labores de la Escuela. En su caso, su grupo tiene a cargo tareas como el deshierbe.

Para Mayra, que también se enfrenta por primera vez a una convivencia prolongada lejos de su familia, el contacto con los animales y los espacios de la Escuela ha sido una de las novedades. Y para Jesi, acostumbrada a trabajar de manera más individual, una de las lecciones de estos primeros días ha sido precisamente aprender a escuchar a otros: “En un inicio no me gustaba mucho, pero creo que te ayuda mucho a poder escuchar las opiniones de otras personas”.

Dos semanas y todavía queda camino

A diferencia de quienes llegan a la Escuela con un plan definido, varios de los jóvenes del tercer ciclo todavía están buscando respuestas sobre su futuro. Otros quieren fortalecer actividades que ya existen en sus hogares. Y otros, como Mayra, confían en que el recorrido por diferentes áreas les permita descubrir qué camino seguir.

En las próximas semanas, los 41 becarios continuarán su formación a través de más de 15 módulos y experiencias prácticas. Al final del ciclo, cada uno regresará a un territorio distinto: comunidades de Puno, Cusco, Apurímac, y otras regiones del Perú y Bolivia.

Por ahora, apenas han pasado dos semanas desde que llegaron. Pero para quienes dejaron su casa, cruzaron una frontera, pusieron en pausa el trabajo o llegaron sin saber todavía qué estudiar, el tercer ciclo de la Escuela Campesina Suyana ya ha empezado a convertirse en algo más que una beca: en un espacio para probar, aprender y, poco a poco, imaginar qué harán después.